Durante años comprendí que una obra no comienza cuando colocamos la primera tesela. Comienza mucho antes.
Comienza cuando hacemos espacio.
Cuando respiramos.
Cuando aceptamos no saber.
Cuando dejamos de controlar el resultado para volver a escuchar el proceso.
Por eso cada sesión es una invitación a detenernos.
A observar.
A experimentar.
A equivocarnos.
A descubrir que las manos también piensan y que el cuerpo guarda conocimientos que muchas veces la mente ha olvidado.
No busco formar personas que hagan mosaicos iguales. Busco acompañar a cada una a descubrir un lenguaje que solo ella pueda construir.
Porque creo que toda obra auténtica nace de una relación auténtica con quien la crea.
Sesiones de Mosaico nace de esa convicción. Del deseo de ofrecer un espacio donde el tiempo recupere otro ritmo, donde la materia dialogue con las manos y donde la creatividad deje de ser una meta para convertirse nuevamente en una forma de habitar el mundo.